En 2005, cuando el cyber café se llenaba un viernes a la noche, yo tenía una métrica muy clara: minutos hasta que volvía la conexión. Cada minuto era plata que se perdía — no la mía, del dueño, pero el peso lo sentía yo. Aprendí muy rápido a distinguir qué problemas valía la pena atacar con ensayo y error y cuáles necesitaban diagnóstico preciso primero. Gastar cinco minutos probando cables antes